Historias para el Bosque Habitado
Este texto fue incluido en el programa de El Bosque Habitado, de Radio3, que dirige María José Parecjo, el 15 de febrero de 2025. Este es el enlace al programa completo emitido: https://www.rtve.es/play/audios/el-bosque-habitado/como-vai-mundo-publico-esencial-jaime-izquierdo-15-02-26/16938740/
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Se llama campesino a aquel que viene del campo y vive del campo. No sé en qué momento ocurrió en este país, que los campesinos fueron denostados por aquellos que pisaban asfalto en vez de tierra: los ciudadanos; y se establecieron dos categorías de personas con rígidos clichés: los ciudadanos son todos cultos; los campesinos, unos paletos.
Gracias a un trabajo que realicé hace años, pude viajar a unas cuantos pueblos pequeños y aldeas de La Mancha y hablar durante horas con campesinos y pastores. Así, pude descubrir un mundo de conocimiento basado en la observación diaria de los ciclos de la vida planetaria unido al conocimiento pasado de generación en generación, una sabiduría que quedaba marcada en la memoria de sus descendientes hasta que éstos dejaron el campo y se fueron a la ciudad y la cadena de conocimiento se rompió.
En el imaginario de ciudad, la vida en el campo, en los pueblos, era simplemente muy dura. Punto final. Es innegable la dureza de algunos aspectos de esa vida: el que no hubiera agua corriente en las casas, ni luz, ni escuela. Y que los sueños de poder prosperar se chocaran con el estar atrapados en la miseria económica que hizo a muchos marchar a las ciudades para hacer de criadas y de trabajadores de fábricas.
Se convirtió para mí en un gran placer ,el escuchar de su boca cómo era la vida allí hace 50 o 60 años, antes de la llegada de las máquinas que los convirtieron en prescindibles, y tomar nota de todas las reflexiones que acompañaban a sus palabras. Eran historias que nos hablan de apoyo mutuo, de solidaridad, de compartir la vida, las penas y las alegrías.
“Mi época favorita del año era el tiempo de cosecha del trigo”, comenzó un día la conversación la abuela Apolonia, mientras tomábamos un café de puchero hecho al calor de la lumbre, acompañadas de los pocos abuelos que aún vivían en la aldea. – “¿No era muy duro?”, pregunté yo. “Bueno, sí que trabajábamos mucho, de sol a sol, pero… También había mucho disfrute!”, me respondió la abuela.
Llegado el tiempo de recoger el dorado fruto de las espigas, venían gentes de otros pueblos y aldeas, llegando a juntarse hasta un centenar. Trabajaban de sol a sol, es cierto, y era un trabajo físico que exigía tener doblado el lomo de continuo. Pero, al caer la noche, se juntaban a contar historias en torno a las hogueras. Y, llegado el sábado, se organizaba baile y eso brindaba la posibilidad de expandir sus relaciones personales, de encontrar marido o esposa, o de hacer grandes amistades alimentadas año tras año. Y bajo la luz de la luna y el manto de las estrellas, pasaban la noche cantando y bailando, charlando y riendo, hasta quedar dormidos…
La nostalgia por esos tiempos pasados impregnaba cada palabra que los abuelos pronunciaban, cada gesto que hacían con la cara, y siempre brotando de sus ojos un brillo especial. La parte dura de ese trabajo quedaba ya en el olvido cuando, al caer la noche, compartían sus viandas, el pan y el vino, todos unidos en una celebración por la vida, la alegría, la diversión y la pasión.
Ahora que se está volviendo a los pueblos y se están recuperando tierras abandonadas, no podemos olvidar también recuperar esa solidaridad que une trabajo y celebración.
Ubuntu. Arriba las ramas del apoyo mutuo
